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jueves, 3 de junio de 2010

Soberbia engripada

La semana pasada trabajé tanto que había hecho planes para ésta: aprovecharía el tiempo libre más que nunca. Caminaría todas las mañanas por el barrio ya que los días son fríos pero se ofrecen afables y coloridos. ¡Qué hermoso es este otoño!, pensaba al ver por la ventana el sol mientras me sentía una estúpida esclava detrás del escritorio.
Luego de caminar bastante, me detendría en algún pequeño bar como ese que tengo enfrente a tomar sol, un rico café express y leer un poco aprovechando que mezclada en el gentío nadie me solicita con sus nanas. Destinaría parte de ese tiempo distendido para arreglar mi vida y regresaría feliz a trabajar.
Pero sucede que el sábado, en medio de la lluvia, un virus se adueñó de mi cabeza y mi temperatura corporal, me deshizo las ganas y toda posibilidad de caminar. Ya tomé un jarabe, otro y el de más allá. Sólo me queda esperar que cierre el ciclo gripal.
En tanto, desde la cama observo la refracción de los rayos que entran y se descomponen sobre la pared en bonitos arcos iris de formas móviles. Tiemblan brillantes como mi orgullo herido o como esas tentadoras figuras del destino que deseamos capturar en la palma de la mano.
Por fortuna, en el mundo hay demasiadas pequeñeces del tamaño de un virus, tan ciegas y poderosas que desconocen la soberbia humana.

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